Un prólogo tardío

Publicado el 19/08/2025

I

La primera cruz interrumpió las palabras de la mujer, detuvo abruptamente la mano que sostenía el cuchillo. A medida que otras cruces, también romanas, seguían apareciendo, sus brazos y torso se desplazaban errantes, sutiles, por la pantalla de la televisión. Algo en el estudio de rodaje no era nombrado por completo cuando los miembros del equipo de producción se equivocaban con disculpas, advertencias inútiles que culminaron con un súbito corte de señal. Pocos segundos después inició otro programa donde la aparición de cruces sobrevino en un desenlace idéntico.

Olvidé todo lo que pudiera haber ocurrido en el sueño tras esta escena. Los cuentos a los que este prólogo habría precedido, escritos por niños de primaria y secundaria, fueron publicados hace uno o dos meses; sin embargo, con ellos no se fue mi intención de escribirlo, buscando prologar también mis textos y, en alguna medida, mi persona, mi fantasma que escribe y publica páginas sin que apenas nadie sepa de dónde vienen o hacia dónde van, ni siquiera yo mismo. Ambas cosas —el sueño y el prólogo— fueron mutiladas acaso por el tiempo o por sí mismas, porque sólo podían existir en la orfandad o en el olvido.



II

Nunca he sido cercano al terror, género al que habrían pertenecido los cuentos.

Hace por lo menos doce años, cuando era niño, ojeé dos libros cuyas ilustraciones me asustaban casi tanto como la oscuridad. Una se encontraba en la primera página del relato «La sonrisa quebrada», último del libro La doncella que llora. La otra era de unas personas disfrazadas de alienígenas, y la vi en una enciclopedia Larousse. A medida que crecía, intenté interesarme por los cuentos de Edgar Allan Poe, aunque nunca terminaron de llamar mi atención. Curiosamente, después de leer «Lo innombrable», a inicios de 2020, los que sí lo hicieron, un poco más, fueron los de Lovecraft.

De niño, la oscuridad me restringía algunas otras cosas además del sueño; hoy es acaso lo que me lleva a intentar esconder algo subyacente a motivos o reflejos especulares, con esa misma urgencia, vacilación y estocasticidad. Entre 2020 y 2021 escribí un cuento, «Pesadilla», que trataba de un hombre obsesionado con mantener puertas y ventanas completamente cerradas; una noche, al regresar del trabajo, se encontraba con otro hombre, con la misma obsesión, escondido en la penumbra de su alcoba. El final intentaba preguntarse quién era cada uno, y si existía la posibilidad de que fueran, en realidad, el mismo.

Si bien «Pesadilla» no intentaba ser un cuento de terror, para entonces ya había descubierto que el género podía utilizarse para explorar problemas de los que cierto tipo de orfandad resultaba ser un componente muy importante, como lo demostraron Camus, en El extranjero, y Bioy Casares, en La invención de Morel. No me atrevería a afirmar que el terror reside en el corazón de ambas novelas, pero sí pienso que surge, en cierto sentido, como un desenlace.

La última vez que intenté explorar las preguntas que durante los años previos había asociado no tanto con el concepto o el género, sino con el sentimiento, fue en 2023, después de que Santiago Olivo, un amigo nuestro y yo realizamos un cortometraje que presentamos a uno de esos concursos que sólo existen en las semanas previas al treintaiuno de octubre de cada año. Ninguno de nosotros tenía idea de cómo escribir una historia de terror, y mucho menos una adecuada para los sesenta segundos de los que disponíamos. En los meses siguientes reescribí el guion de aquel corto, «Ecopraxia», buscando plasmar en él una definición personal del miedo, más bien tímida y confusa, como podrán constatar quienes hayan leído «Las monedas circulares».



III

Es posible que aquellos sueños llamados Túneles, El cielo de Laika y Ciudades de treinta minutos reflejen esa otra mitología del insomnio que intenté describir en «Pesadilla», también presente en el sueño de las cruces en la televisión. Lo cierto es que no me creo capaz de comprender lo que rodea mis textos. No busco respuestas en ellos porque creo que no pueden ofrecérmelas: sólo intento retratar algunas cosas que veo o escucho, impulsado por cierto temor a la ceguera o al olvido, una cierta predisposición a la melancolía con la que es posible calcular la probabilidad de que la televisión hubiera estado apagada, de que esta noche se dibujen en ella un rostro sombrío, irreconocible —primero la mandíbula suave y pequeña, después los ojos grandes y sombreados, descoloridos—, o una puerta cerrada, la penosa obsesión por mantener las puertas cerradas.


V. L. V.

Zapopan, 27 de julio de 2025