Carta a una austriaca
Publicado el 04/10/2024
En ocasiones me pregunto por qué nadie ha escrito un manual para mirar por la ventana. Si para Marker la imagen de la felicidad es la que se muestra al comienzo de Sans soleil, mi imagen de la tristeza consiste en una ventana que da a un lugar abierto: los árboles oscurecen el piso y las personas son tan sólo sombras de algo que no conviene anticipar.
Escribirte esta carta responde a aquello que podríamos llamar «desajuste», un anhelo de repetir la lluvia y un conjunto de imágenes inciertas que posiblemente no significan nada por sí mismas. Este es mi intento de arrojar una botella al mar, porque sólo refugiado en los inexorables vértices o curvas de las letras y las cifras, puedo aventurar una conversación improbable con ciertos matices de verosimilitud y razonabilidad.
Aunque intente convencerme de lo contrario, estas páginas tratan sobre mí; te convierten en una sombra escurridiza que las justifica no sólo a ellas, sino también a la vacilación, el pudor y el afecto con que las escribo. ¿Por qué buscarte directamente y no escribir cualquier otro texto donde capturar una resonancia emocional más fiel a lo que quiero decir, a lo que en verdad me motiva a sentarme frente al escritorio, a dar innumerables vueltas alrededor de él?
Para ti, la literatura parece ser un espejo profundo que intenta comprendernos, más o menos de la misma forma en que uno se detiene a mirar hacia allá; un tipo de libertad que precede al conflicto con las cosas permanentes, ese abismo entre la reiteración, la realidad y la distancia. En ti y en la relación que percibes entre la literatura y el cambio encontré un objeto de melancolía. Quizás ahora puedas comprender mi imagen de la tristeza.
En el último año, no sé con qué suerte, he publicado algunos textos que tal vez han agradado a amigos y conocidos. He vuelto la escritura un acto de inseguridad, poco más que una rutina, pero es a través de esas páginas, de esos libros, que puedo describir y justificar no sólo mis días, sino también las cosas que escapan a mi materialidad. He escrito sobre la noche y una vereda que cruzo todas las tardes; sobre espejos que tersan la oscuridad y el recurrente fantasma de la ausencia o las torres vacías. Los temas no son el arma, sino otra fotografía que espera en la cómoda, junto al ventanal de esta habitación desde donde te escribo. Nunca he dado a los espejos ese tratamiento literario que expresas con cierta solemnidad y grisura: para mí, nunca han dejado de ser lo que alguna vez fueron en el mundo de acá.
En ocasiones, las palabras no alcanzan a delimitar las sombras que nos encuentran en aquel territorio de muros inciertos. Esta búsqueda parcialmente intemporal parece llegar a su fin cuando alguien o algo se la apropia, cuando uno averigua cómo describir o leer fechas e imágenes como esas que le persiguen. Y, a pesar de todo, es probable que algún día termine despreciándolas u olvidándolas.
Zapopan, Jalisco, 21 de agosto de 2024