Noticia de Chulos F. C.
Publicado el 24/07/2026
—Contame algo que no me importe mucho —dijo mientras se sentaba.
S. A., Mala carne
Era una mañana de octubre. Estábamos sentados junto a la ventana, con la Nintendo Switch frente a nosotros.
—¿Quieres poner atención a la clase? —me preguntó.
Muy pronto comprendí que él no buscaba que jugáramos juntos, sino tener constancia de que yo, poco interesado en los videojuegos y poco propenso a compartir mi curiosidad, había jugado uno alguna vez.
Más tarde nos contó que había comprado la consola a un proveedor hongkonés, lo cual redujo su precio, pero también supuso un problema que acaso no previó: cambiarle el idioma. Para cuando alguien sugirió la idea de ir a jugar futbol, el sol todavía no apretaba; al contrario: lo recuerdo de un tono similar al de los granos de maíz o del papel viejo.
Mientras los otros cuatro jugábamos mundialito, él estuvo sentado en lo que podríamos describir de manera razonable como el rayazo del sol. Cuando me cansé de correr, fui a acostarme en la sombra de un árbol, sintiendo una alegría genuina y paciente, pensando que en algún momento nos sería imposible juntarnos para hacer cualquier cosa.
Un viernes de finales de febrero —es decir, ocho meses antes— el capitán de Chulos F. C. —Capi desde ahora— me había invitado a jugar con ellos el primer partido del torneo de ese semestre, que se disputó una semana después, el primer sábado de marzo. Perdimos por una diferencia de seis u ocho goles contra Matasanos F. C. Nuestra plantilla estuvo conformada en buena medida por jugadores que, como yo, habían sido reclutados de último momento, de modo que apenas completamos once y no teníamos suplentes.
Mi calentamiento había consistido en la caminata que, nervioso, un poco entusiasmado, hice de mi casa a la escuela. Al llegar me percaté de que en la cancha no hacía sombra y de que el color de mi camiseta no era el correcto.
Terminado el partido, el Capi reprendió a quienes no estaban ahí para «cotorrear», a aquellos de quienes esperaba un mínimo de compromiso. Les lanzó una durísima acusación de displicencia, a lo que alguien preguntó:
—¿Y eso qué es?
Estuvimos un rato sentados en unas escaleras que había cerca de la cancha. Ellos hablaron de muchachas, como las que el Capi deseaba que fueran a verlos perder, y yo los escuchaba, riendo cuando me parecía apropiado, con la esperanza de que eso ahuyentara sus preguntas o injerencias. En los meses siguientes recibí al menos otra invitación para jugar con Chulos, pero, debido a que los partidos eran entre semana y a que mis clases eran por la tarde, nunca volví a hacerlo.
Me gusta escucharlos hablar sobre sus partidos porque lo hacen como si no fueran ellos quienes están ahí. Me gusta imaginar escenas que, incluso si me lo propusiera, no podría plasmar en este ni en ningún otro texto. Sospecho que de esa cualidad están dotadas las cosas sobre las que vale la pena escribir.
El futbol marcó en mi infancia un capítulo breve que puedo resumir de la siguiente manera: de los equipos españoles le iba al Real Madrid; de los alemanes, al Bayern Múnich; de los mexicanos, a las Chivas. Los deportes existían en la televisión más o menos como las ciudades europeas, las modas extravagantes y las reliquias históricas. En la primaria dedicábamos casi todos nuestros recreos al futbol; a veces jugábamos tazos, las trais o las escondidas; a veces nos subíamos a los juegos, nos correteábamos o hacíamos cualquier cosa que se nos ocurriera durante las clases o al salir de ellas.
Llegué a ser un portero más o menos respetado, y tuve dos pares de guantes. Los primeros me los compró mi mamá en el Fábricas de Francia de plaza Patria; eran Puma, blancos con detalles azules, y fueron reemplazados por unos rosas con detalles blancos como los que Iker Casillas usaba por aquel entonces. Que yo recuerde, nunca le tuve demasiado miedo al balón.
El primer mundial que recuerdo es el de 2014. Antes o después de ir a plaza Patria, donde conseguíamos estampas del álbum Panini, visitábamos a mis abuelos. En una de esas tardes le pregunté a mi abuela cuántos jugadores había en cada equipo, a lo que mi abuelo respondió: «Son once los que juegan y seis los que están en la banca». En mi casa vimos el infame partido del «No era penal»; cuatro años después, el de México —Venezuela del Norte, decían algunos— contra Brasil y el gol imposible del Chucky Lozano a Alemania.
Partidos televisados, completos, he visto muy pocos. Hay un recuerdo que no logro fechar: se trata del único partido que he visto en un estadio, un Chivas contra Atlante que posiblemente terminó en contra de los primeros. Cuando la afición comenzó a hacer olas, a mí, por alguna razón, me daba pena o miedo seguirlas. Qué ocurrió antes o después del partido, no lo sé. Si era sábado o domingo, tampoco. Sólo recuerdo que era una tarde despejada, de esas que parecen interminables cuando somos niños.
De regreso con Chulos, en una ocasión le preguntaron al Capi cuál era el clásico del equipo, a lo que respondió: «Azul Rey», sin pensárselo demasiado. Meses después me enteré de que su rivalidad data de 2025, cuando jugadores de ambos clubes —entre ellos un cachirul de Chulos— llegaron a los golpes.
Las tres grandes noticias de este semestre fueron la adquisición de un tripié que el Capi ha estado utilizando para grabar los partidos, el fichaje de un europeo que parece sentir los colores del club y la invención de que tres expertos anónimos —un soñador, un pesimista y un optimista—, de toda la confianza del Capi, integraban el comité de Inteligencia Deportiva, con el cual se habían convertido en el primer equipo de la liga que llevaba a cabo su planeación estratégica con ayuda de un modelo de inteligencia artificial. Dicen que uno de los tres miembros originales fue reemplazado porque «le decía pura mamada a la IA».
Desde el miércoles el Capi ha estado renuente a hablar sobre el partido del día anterior, precisamente contra Azul Rey. Se limitó a asegurar que habían perdido uno a cero y que el gol había caído en los últimos minutos. Una amiga nuestra —que en sus ratos libres es la porra y prensa del equipo— nos dijo que en realidad perdieron cuatro a cero y que, por la noche, cuando salían de la cancha, los ánimos del equipo, y sobre todo los del Capi, estaban por los suelos. Él estaba seguro de que este semestre tenía, acaso por primera vez, un equipo casi imparable. Sé de buena fuente que en el partido de la semana pasada uno de sus jugadores fue expulsado por «golpear a un pendejo»; el amonestado, ex Azul Rey, intentó colarse en el partido del martes, pero fue reconocido por el árbitro, que no le permitió entrar.
Jugadores y administrativos de Chulos estarán siguiendo con lupa y cigarro los próximos partidos de Green Go F. C., ya que, si estos pierden, aquellos tienen oportunidad de pasar a la siguiente ronda del torneo. Al día diez de abril de 2026 se temen lo peor.