Péndulo a media oscuridad
Publicado el 18/01/2025
Péndulo a media oscuridad
atraviesa la cifra no articulada —aquel lugar en ninguna parte, gris sobre gris, revela tu rostro —encuentra todos los nombres, te reduce al pasado,
la obstinación
de las notas
tres puntos suspensivos de la oscuridad desvanecida
Aprietas el sol contra tu pecho. Silencio.
Las luces blancas y la almádena
se convierten en el pasado que permea
tu corazón en completo silencio.
Cambios discretos en las reglas de la lluvia;
después regresan las manchas del cielo.
Al parpadear —iluminación de los discos azules,
un paisaje de arabesque—, ¿puedes contener
los objetos que, horizontales, escapan del cristal?
Brota la sombra inmóvil que escucha tu voz,
tus ojos bajo las partículas plegadas —blanco
el espejo de todo ballet, de todo vacío.
¿Cómo regresa un poco por debajo
de tus labios ese momento en que me miras
y vuelves a decir: «No, yo no entendí nada»?
Entonces oscurecen los discos azules,
el barco dentro del péndulo y la resolución
de una soledad cristalina. Cierras los ojos.
Sorteas todo lo que desaparece en la luz.
Cine en dieciséis milímetros
Hablemos de esas cosas que nos esperan y no saben que existimos. Tal vez encuentres en ello un subterfugio ante las luces momentáneas del escenario. Hay suficiente tiempo para perder de vista los rostros que aguardan en el espejo, maquillados para la Rareza o el inicio del tercer acto; o podrías cerrar los ojos para descubrir ese desajuste contradictorio.
«No tendría por qué saberlo, pero tal vez soy fuerte por usted. Cuando esta fotografía imita aquello en sus ojos, sólo puedo esconderla».
Al hacerse todo en silencio, tu semblante triste es algo más que artificial: se convierte en las voces extranjeras que remiten a la falsa noche, las cartas que conservas por cierto tipo de vergüenza y ternura, o en un pequeño apunte del cine en dieciséis milímetros.
«Ese momento en que las lágrimas corren la pintura negra sobre tus mejillas y estás como guardando la cara en el pecho, pero buscando al público, me hace pensar en hogares vacíos».
Para el momento en que el lente de la cámara se cierra, alguien suele hacer su última intervención; cuando busques una respuesta, habrás olvidado que uno a veces se apropia del anonimato y lo revierte. Como una mano que se desliza sobre otra, pasa el tiempo y la soledad te exige poco más que un abrazo.
Le escribes: «Apenas tolero el frío de París. Esta tarde me siento especialmente cansada y quizás no salga por varios días. Anoche me pareció que algo brillaba detrás de la ventana, y pronto rompí en llanto. Yo no creo ser así».
14 de junio de 2024